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jueves, 31 de julio de 2014

La Caja de Pandora

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando nuestro mundo se hallaba en la infancia, había un niño llamado Epimeteo, que nunca había tenido padre ni madre, y para que no estuviera solo, otra niña, procedente de un lejano país, y que se llamaba Pandora, fue llevada a vivir con él.
La primera cosa que vio Pandora al entrar en la casa en que vivía Epimeteo, fue una gran caja, y casi inmediatamente después de haber atravesado el umbral, preguntó qué había en ella.
—Mi querida Pandora —contestó Epimeteo —es un secreto. La caja fue dejada aquí, para que estuviese bien guardada; y yo mismo no sé lo que contiene.
—Pero ¿quién te la dio? —Preguntó Pandora — ¿De dónde procede?
—Una persona de aspecto risueño e inteligente la dejó ante la puerta antes de que llegaras tú; y según vi, apenas podía contener la risa al hacerlo.
—Ya lo conozco, —dijo Pandora pensativa—era Mercurio. Éste fue quien me trajo, y sin duda hizo lo mismo con la caja. Estoy segura de que es para mí, y probablemente, contiene hermosos trajes y juguetes o bien una golosina.
—Es posible—contestó Epimeteo alejándose—pero hasta que Mercurio regrese y nos autorice para ello, no tenemos el derecho de abrirla.
— ¡Qué muchacho tan tímido! —murmuró Pandora, cuando el niño salía de la casita. —Me gustaría que fuese más animoso.
Y en cuanto Epimeteo se marchó, la niña se quedó mirando el objeto que había despertado su curiosidad.
Las esquinas de la caja aparecían talladas con mucho arte y primor. En los lados había figuras muy graciosas de hombres, mujeres y lindísimos niños. La cara más bonita de todas había sido esculpida en alto relieve, en el centro de la tapa. Ninguna otra particularidad se advertía, exceptuando la obscura y lisa riqueza de la madera pulimentada y el rostro del centro con unas guirnaldas de flores sobre sus cejas.
La caja permanecía bien cerrada y no por una cerradura u otro medio semejante, sino con una cuerda de oro cuyos dos extremos estaban atados de un modo tan complicado, que, probablemente, nadie habría logrado deshacer el nudo. Y, sin embargo, precisamente al ver tal dificultad, más deseos sentía Pandora de examinarlo, a fin de averiguar cómo había sido hecho.
—Creo—se dijo—que ya sabré des-hacerlo y luego atarlo otra vez, y como de ello no ha de resultar ningún daño…
Ante todo, trató de levantar la caja. Elevó un lado algunos centímetros y la dejó caer, produciendo algún ruido. Un momento después le pareció oír que dentro se removía algo. Aplicó el oído y escuchó. Sin duda alguna se percibía dentro algo así como murmullos apagados.
Y al retirar la cabeza, sus ojos se clavaron en el nudo de la áurea cuerda.
—No hay duda de que quien hizo este nudo es persona muy ingeniosa, se dijo —pero me parece que lo podré deshacer.
Entretanto los brillantes resplandores del sol atravesaron la abierta ventana. Pandora se detuvo para escuchar, pero al mismo tiempo e inadvertidamente, retorció algo el nudo, y con gran sorpresa vio que la cuerda de oro se había desatado por sí misma, como por magia.
— ¡Que cosa tan extraña! —exclamó la niña. — ¿Qué dirá Epimeteo? — ¿Sabré hacer otra vez el nudo?
Hizo una o dos tentativas para conseguirlo, pero pronto vio que tal intento era muy superior a su destreza. Así, pues, nada podía hacer, sino dejar la caja desatada hasta el regreso de Epimeteo.
Entonces la niña pensó que su amigo creería que había mirado el interior de la caja, y no siéndole posible evitar que así se lo figurara, dígase que lo mejor era justificar tal sospecha satisfaciendo su curiosidad… No habría podido asegurar si era ilusión o no, pero le parecía que algunas voces murmuraban dentro de la caja:
— ¡Déjanos salir, querida Pandora, déjanos salir! ¡Seremos para ti muy buenos compañeros de juego! ¡Oh, déjanos salir!
— ¿Quién será? —Pensó Pandora. — Sin duda hay alguien vivo dentro. Sí, seguramente. Voy a dar una mirada, sólo una y luego volveré a cerrar.
Pero ya es tiempo de que veamos lo que hacía Epimeteo.
Aquella era la primera vez, desde que llegara su compañera de juegos, que había tratado de divertirse solo, pero como se aburría, decidió interrumpir sus juegos y volver a donde estaba Pandora. En el momento en que iba a entrar en la casita, la mala niña tenía la mano a punto de levantar la tapa de la caja, y Epimeteo la vio. Si él la hubiera avisado dando un grito, Pandora, probablemente, habría retirado la mano de la caja; y tal vez no fuera conocido aún el fatal misterio que guardaba.
Cuando Pandora levantó la tapa, el aire se obscureció porque una nube negra salió de ella y se extendió ante el sol, ocultándolo completamente. Luego, durante algunos instantes, se oyó un murmullo y una serie de gruñidos que pronto se transformaron en un fragor parecido al estampido del trueno… Pero Pandora, sin hacer caso de ello, acabó de levantar la tapa de la caja y miró a su interior.
Pareció como si una multitud de seres alados pasaran rozándole el rostro, huyendo del encierro, y en el mismo instante oyó la voz de Epimeteo que exclamaba en tono lastimero, como si experimentara algún dolor:
— ¡Oh, me han picado! ¡Me han picado! ¡Perversa Pandora! ¿Por qué has abierto esa maldita caja?
La niña dejó caer la tapa e incorporándose miró a su alrededor para ver qué le había ocurrido a Epimeteo. La nube que se había formado obscureció de tal modo la habitación que apenas podía divisarse lo que en ella había. Pero oyó un desagradable zumbido, como si por allí revolotearan enormes abejorros. En cuanto sus ojos se hubieron acostumbrado a la imperfecta luz que reinaba, vio un enjambre de feas y asquerosas figuras provistas de alas de murciélago y armadas de terribles aguijones en sus colas, una de las cuales fue la que picó a Epimeteo. Pocos instantes después también Pandora empezó a quejarse, pues sentía no menos dolor y miedo del que experimentara su compañero de juegos, pero sus quejas fueron más ruidosas que las de Epimeteo. Un repugnante y ruin monstruo se posó en su frente, y la habría herido tal vez de gravedad, si Epimeteo no lo hubiera impedido.
Ahora, si desea saber el lector quienes eran aquellos feos seres evadidos de La caja en que estaban prisioneros, le diremos que formaban la familia completa de los males. Había malas Pasiones, muchas especies de Cuidados, más de ciento cincuenta Dolores y Tristezas, gran número de Enfermedades y, en fin, más formas de Maldad de lo que es dable imaginar. Entretanto no sólo Pandora, sino también Epimeteo, habían sido gravemente picados y sufrían mucho, cosa que les parecía tanto más intolerable, cuanto que era el primer dolor que sentían desde que existía el mundo. Por esta razón estaban de muy mal humor y muy disgustados uno de otro.
Epimeteo se sentó en un rincón dando la espalda a Pandora y ésta, por su parte, se dejó caer al suelo, apoyando la cabeza sobre la fatal y abominable caja. Lloraba amargamente como si su corazón fuera a destrozarse.
De pronto se oyó un golpecito procedente del interior de la caja.
— ¿Quién podrá ser? —se preguntó Pandora, levantando la cabeza. En cuanto a Epimeteo, o no había oído el golpe, o estaba demasiado preocupado para hacer caso de él. Sea como fuere, no contestó.
— ¿Por qué no me hablas? —exclamó Pandora sollozando
Y entonces se oyó nuevamente el golpecito, procedente del interior de la caja. Era tan suave que parecía como si lo dieran los dedos de un hada.
— ¿Quién eres? —preguntó Pandora sintiendo aún cierta curiosidad.
Una vocecita dulce contestó a sus palabras, diciendo:
— ¡Levanta la tapa y lo verás!
—No, no—contestó Pandora echándose a llorar de nuevo. —Ya estoy escarmentada de haber abierto la caja. ¡Ya que estás encerrada, no saldrás!
Y miró a Epimeteo mientras hablaba, solicitando su aprobación a lo que acababa de decir. Pero el muchacho sólo murmuró que tal prueba de buen juicio era tardía.
— ¡Ah! dijo nuevamente la dulce vocecita —obrarás bien dejándome salir. No soy como esos monstruos que tienen aguijones en la cola. Ven, hermosa Pandora. Estoy segura de que me dejarás salir.
Y había un encanto tal en el tono de aquella voz, que casi era imposible negarse a lo que pedía. Pandora, al oiría, sentía disiparse su tristeza y Epimeteo, que continuaba en su rincón, volvió la cabeza mostrando en su aspecto mejor humor que antes.
—Querido Epimeteo—exclamó Pandora, — ¿has oído esa vocecita?
—Sí, contestó él, todavía malhumorado—y ¿qué?
— ¿Te parece que abra otra vez la caja?
—Obra como quieras —replicó Epimeteo. —Después de lo hecho ya no importa que repitas tu imprudente acción.
—Podrías hablarme con alguna mayor bondad —murmuró la niña enjugándose los ojos.
— ¡Si estás deseando verme!—gritó la vocecita, dirigiéndose a Epimeteo. —Ven, querida Pandora, abre porque tengo gran prisa por consolarte.
— ¡Epimeteo! —Exclamó Pandora —Suceda lo que quiera, estoy resuelta a abrir la caja.
—Y, como la tapa parece muy pesada, —dijo el niño atravesando la habitación —yo te ayudaré.
Y así los dos niños unieron sus fuerzas para abrir nuevamente la caja. Salió de ella un personaje sonriente, cuyo cuerpo parecía formado con rayos de sol.
Empezó a revolotear por la estancia, iluminando los lugares en que se posaba. Se llegó a Epimeteo, y tocó ligeramente con uno de sus dedos el lugar donde le había picado el Dolor y en el acto el niño dejó de sentir sufrimiento alguno. Luego besó a Pandora en la frente y el daño que le causara el Mal fue también inmediatamente curado.
— ¿Quién eres, hermosa criatura?— exclamó Pandora—
—Soy la Esperanza —contestó el brillante ser.
—Tus alas tienen el color del arco iris —añadió la niña. — ¡Qué hermosas son!
—Sí, son como el arco iris —dijo la Esperanza —porque aun cuando mi naturaleza es alegre, estoy formada de lágrimas y de sonrisas.
— ¿Querrás quedarte para siempre a nuestro lado? —preguntó Epimeteo.
—No me moveré mientras me necesitéis —contestó la Esperanza sonriendo. —No os abandonaré mientras viváis en el mundo. Sí, queridos niños, sé que más tarde os será otorgado un don inapreciable.
— ¡Oh, dinos cual!
—No me lo preguntéis —repuso la Esperanza poniéndose un dedo en sus rosados labios. —Pero no desesperéis, aun cuando nunca gozaseis en esta vida de la felicidad que os he anunciado. Creed en mi promesa, porque es verdadera.
— ¡Creemos en ti! —gritaron a coro Epimeteo y Pandora.
Y así lo hicieron, y no solamente ellos, sino que también todo el mundo ha confiado en la Esperanza, que desde entonces vive en el corazón de los hombres.

Tal es el poético ropaje con que la imaginación griega ha vestido la caída de los progenitores del linaje humano, que con diversas formas se nos presenta en las tradiciones y mitos de los pueblos antiguos

Fuente: mitos y leyendas

miércoles, 23 de julio de 2014

La Leyenda de la araucaria

Esto sucedió hace mucho tiempo, en la época en que los españoles comenzaron la conquista de estas tierras de América.

Un día, los indios mapuches, muy asustados, vieron que unos hombres de piel blanca, cargados de armas avanzaban sobre ellos. Venciendo su temor, los hombres del cacique mapuche Mallaucán, lucharon contra los hombres blancos.

La lucha fue larga, el hambre y el cansancio fueron debilitando a los mapuches.
Mallaucán guió a su pueblo hacia un bosque de araucarias, (son grandes árboles rústicos, espinosos, como pinos, los mapuches los llaman pehuén), y allí pidió a los dioses que protegieran a sus mujeres y niños.

Cuando todo pareció perdido, ocurrió lo inesperado: las ramas de las araucarias comenzaron a sacudirse y cayó una lluvia de frutos que se abrieron y dejaron ver sus semillas.

Estas semillas fueron el mejor alimento, para estas personas que comieron hasta hartarse; luego se sintieron con más fuerzas, volvieron a la batalla y vencieron a los españoles.
El fruto del pehuén o araucaria, había salvado a los habitantes de estas tierras.

martes, 22 de julio de 2014

Los Objetos de la Perdición y la Esperanza: El Libro del Equilibrio (Final)

Mientras el Salvador y la bruja, conquistaban almas para sus respectivos bandos, con la ayuda de sus aliados conseguidos atreves de los objetos que ellos repartieron. Ambos mostraban cierta preocupación por el sangrado constante del libro del equilibrio, un mítico texto que contenía las innumerables batallas del bien contra el mal; cuando aquel emitía esa señal significaba que algo marchaba horrendamente mal y eso afectaba las almas errantes que aun no sabían su destino.
El Salvador explico que cada ser humano tiene un porcentaje de maldad y bondad en su alma, es decir, nadie nace enteramente puro o viceversa; sino que con el paso del tiempo esta balanza se va inclinando hacia un lado o hacia el otro y esto marca lo que hará esa persona en un futuro. Lo mismo pasa con el libro del equilibrio, ya que es el encargado de llevar el balance de las almas en pena y del mundo físico. Cuando el mismo se comporta de manera extraña significa que hay un desbalance en alguno de estos sectores y esto genera inestabilidad en estos lugares y por ende también los hay en el paraíso y en el infierno.
Como única alternativa para sanar este mal fue necesario dirigirse hacia donde estaba la bruja y sus secuaces y explicarles la situación. Como seria adivinable, estos no querían comerciar nada con los “bonachones”, pero acto seguido hizo presencia el mismísimo Lucifer y ordeno que se completara el trato y que el mismo junto a Dios firmarían ese libro como un pacto de mutuo acuerdo.
El libro fue enviado al mundo de las almas errantes y allí las mismas, verían sus hazañas, en ese instante se les marcaría el lugar a donde corresponde cada una.  

Así, el milenario objeto dejo de sangrar y por ende de causar estragos. Su sello fue conformado por todos los objetos de la perdición junto a los de la esperanza, que se convirtieron en cerradura y llaves del libro del equilibrio.               

miércoles, 16 de julio de 2014

Los Objetos de la esperanza: El Brazalete de Zadkiel

Esta historia pertenece a Omar Clavero, un chico de unos 15 años que lamentablemente había sido víctima de un accidente de tránsito, perdiendo finalmente su vida en el mismo.
Mientras el joven agonizaba en el hospital, un enfermero, que sabía la situación del mismo, le regalo a su madre un extraño brazalete diciéndole que estaba bendecido por un extraño poder que libera a las almas de las cadenas de Lucifer. La dolorida mujer acepto con gratitud el regalo del profesional, aunque en el medio de su dolor por el inminente fallecimiento de su hijo olvido de colocárselo.
El muchacho finalmente sucumbió ante los fuertes golpes sufridos en el trágico suceso. Tiempo antes de que sus seres queridos lo retiraran, el enfermero coloco en su brazo el extraño objeto ya que su familia decidió velarlo a cajón cerrado, debido al mal estado que había quedado su cuerpo.
-          Omar, es hora de despertar – Recitaba una voz extraña y angelical   
El Joven despertó lentamente entre imágenes borrosas y una fuerte luz delante de él.
-          ¿Dónde estoy?, ¿Quién eres tú? – Preguntaba con curiosidad
-          Estas en el mundo de las almas perdidas, y yo soy Zadkiel uno de los 7 arcángeles que te ayudara a salir de aquí – contesto sonriente aquel
-          Creí que había muerto en ese accidente, ¿esto es lo que sigue después de la muerte? – Cuestionaba Omar
-          Pues en parte si y en parte no,  es decir la mayoría de las almas pasan por aquí, ya que de aquí se decide quién va para el lado del bien y quien para el lado del mal, digo la mayoría ya que algunos tienen ya el destino marcado por su actuación en vida – Respondió siempre con dulzura Zadkiel
-          ¿Y yo donde iré? – continuo preguntando el joven    
-          Tu, volverás a casa jovencito; eras muy joven para morir jejeje- Bromeo el celestial
-          ¿De verdad? ¿Resucitaré? – Preguntaba emocionado el chico
-           en realidad te dejare volver con una sola condición, mira, el bien y el mal han estado en equilibrio, durante toda la existencia, pero últimamente este equilibrio se rompió y es por eso que suceden cosas tan malas en el mundo; lo único que debes hacer es encontrarte con los 7 objetos de la esperanza y el salvador estará entre ustedes – Luego de esa historia el arcángel toco la cabeza del muchacho y un cambio se produjo en el   
-          No temas, yo estaré contigo aquí, dentro tuyo –
En el velatorio la sorpresa fue mayúscula cuando sintieron los golpes del ataúd y la puerta de este abriéndose, con el joven vivo. El conto lo que vio, pero pocos le creyeron y algunos lo hicieron forzosamente, lentamente estamos llegando al desenlacé de esta historia…  

viernes, 11 de julio de 2014

Los Objetos de la esperanza: El bastón de Uriel

Silvina Juárez era una jubilada de unos 60 años. Para su desgracia y la de su familia, padecía una enfermedad cancerosa de tipo  terminal; aunque ella no estaba en lo absoluto afligida por su situación, es decir, lo tomaba como un proceso natural de la vida; no obstante sus dolores eran un mal mayor para su dura agonía. Los médicos la contenían con cuanto medicamento para el dolor existía, pero había veces que con eso no bastaba; al parecer le quedaban solo semanas de vida.
Pese a lo oscuro de su pronóstico, la mujer aun poseía fuerzas para movilizarse por el hospital. Sin embargo los últimos tiempos se podía mover con cierta dificultad; fue por eso que, no en balde, uno de sus hijos le regalo un bastón. Su hija mayor, le pregunto a su hermano donde había comprado el curioso objeto ya que, valga la redundancia, tenía un aspecto extraño.
El ultimo le contesto que no lo compro, que se lo regalo un señor que sorprendentemente declaro unas palabras al misterioso báculo, sin embargo el beneficiario del mismo no pudo entender lo que decía realmente el enigmático sujeto.
Cuando la desmejorada mujer lo utilizo por primera vez, dijo haber sentido como alguien le decía al oído “Tranquila Silvina, he venido a ayudarte; seré tu sostén de aquí en mas”. Al principio (aunque dándole la razón para no llevarle la contra) no creyeron en sus palabras. El desconcierto fue aun mayor ya que semana a semana, no solo sobrevivió sino que el número de células cancerígenas había disminuido drásticamente. Por las noches y crepúsculos, se la escuchaba hablar con alguien; todo era cada vez más insólito.  
La beneficiaria del bastón, decidió finalmente hablar con su hija Carla para confesarle todo. Que lo que la había ayudado era en realidad el Arcángel Uriel, Dios la había elegido a ella para que sea la transportadora del “Bastón de Uriel” ya que los demonios habían ocasionado grandes desastres. Lo único que el soldado angelical le pidió a la mujer es que sea la portadora de su voz y la del Señor para esta misión. La batalla entre el bien y el mal apenas había comenzado….